viernes, 5 de abril de 2013

Un paseo por la isla de Chiloé

Es difícil concentrar en unas líneas nuestra experiencia chilota por eso me detendré en un episodio del viaje, donde después de dejar atrás la ciudad de Castro, nos dirigimos a la costa pacífica para descubrir el famoso Parque Nacional de Cucao –visita obligada-. Uno de los encantos de Chiloé es que hay pocos turistas, y los que hay suelen ser mochileros santiaguinos que van a disfrutar de sus vacaciones veraniegas con los amigos i/o la familia, un turismo que se funde y disfruta de la naturaleza. Esto hace que la isla sea prácticamente virgen.

Iglesia de Cucao, en todos los pueblos hay una iglesia, por muy pequeños que sean.
Caminos de Cucao, de camino al Parque.
Otro de los encantos remarcables del lugar es la admirable y baratísima red de autobuses de otra época que cubre las carreteras y caminos de la isla. Difícil es ver uno de estos vacíos, se llenan hasta el punto de tener que sacar la cabeza por la ventanilla para tomar aire. Pero la gente ríe y disfruta de los trayectos, aunque tengan que ir de pié y apretados como en una lata de sardinas. Es durante estos viajes donde descubres la esencia de la isla, de sus gentes. El autobusero es un miembro más de la gran familia chilota que acerca a todos a su destino correspondiente. Durante uno de estos viajes, subieron al autobús unos ocho obreros que regresaban a su hogar después de su jornada laboral en la carretera. Subieron alegres y ruidosos, pero a medida que la carretera se desplegaba bajo nuestros pies, sus voces y risas fueron aminorando sumiéndose en un silencio agradable y contemplativo. El conductor dejo a cada uno en la puerta de su casa, hasta ese punto se conocen en Chiloé.



Los cuatro turistas desubicados son claramente reconocibles, entre ellos, nosotras. Como podréis apreciar en las fotografías adjuntas las micros no tienen maletero, así que no les queda otra que cargar las mochilas en la cubierta, aunque parece un método no muy fiable, no conozco a nadie que haya perdido su equipaje de ese modo.

Y llegamos al Parque Nacional.

Este parque consta de varios senderos, pero como nuestra visita fue corta (un día) decidimos visitar la playa y recorrer-la. Pero ¡qué playa! No podría decir cuántos quilómetros tenía, la vista era incapaz de reconocer el límite… era infinita! Pareciera como si tuviera que salir de un momento a otro un brachiosaurus. Aquella playa estaba parada en el tiempo, las ballenas nadan a sus anchas en  aquellos mares –aunque son difíciles de ver-. De hecho, por esta gigantesca playa pasa la llamada corriente Humboldt, las aguas calientes de la cuál son conocidas y visitadas por varios colectivos de animales marinos, entre ellos las señoras ballenas y también los amistosos pingüinos australes.   
Un lugar maravilloso. Te sientes pequeño y dichoso, conceptos que no son contradictorios. Andar y  andar, notar el agua fresca en tus pies y la potencia de las bravas olas del océano Pacífico. La humedad, el fuerte olor a mar, los débiles rayos de sol, el constante sonido del romper de las olas, las gigantes conchas en proceso de sedimentación, la fina arena, los caballos escultóricos escondidos tras las dunas, las tranquilas vacas yaciendo sobre el espontáneo pasto. Esto era lo que nos esperaba en aquel rincón del mundo, cerca del llamado fin del mundo. Una gran experiencia.

A continuación les adjunto algunas fotografías que completan esta breve descripción, espero que se hayan hecho una idea del maravilloso lugar.

maite moreno