| Iglesia de Cucao, en todos los pueblos hay una iglesia, por muy pequeños que sean. |
| Caminos de Cucao, de camino al Parque. |
Otro de los encantos remarcables del lugar es la admirable y
baratísima red de autobuses de otra época que cubre las carreteras y caminos de
la isla. Difícil es ver uno de estos vacíos, se llenan hasta el punto de tener
que sacar la cabeza por la ventanilla para tomar aire. Pero la gente ríe y
disfruta de los trayectos, aunque tengan que ir de pié y apretados como en una
lata de sardinas. Es durante estos viajes donde descubres la esencia de la
isla, de sus gentes. El autobusero es un miembro más de la gran familia chilota
que acerca a todos a su destino correspondiente. Durante uno de estos viajes,
subieron al autobús unos ocho obreros que regresaban a su hogar después de su
jornada laboral en la carretera. Subieron alegres y ruidosos, pero a medida que
la carretera se desplegaba bajo nuestros pies, sus voces y risas fueron
aminorando sumiéndose en un silencio agradable y contemplativo. El conductor
dejo a cada uno en la puerta de su casa, hasta ese punto se conocen en Chiloé.
Los cuatro turistas desubicados son claramente reconocibles,
entre ellos, nosotras. Como podréis apreciar en las fotografías adjuntas las
micros no tienen maletero, así que no les queda otra que cargar las mochilas en
la cubierta, aunque parece un método no muy fiable, no conozco a nadie que haya
perdido su equipaje de ese modo.
Y llegamos al Parque Nacional.
Este parque consta de varios senderos, pero como nuestra
visita fue corta (un día) decidimos visitar la playa y recorrer-la. Pero ¡qué
playa! No podría decir cuántos quilómetros tenía, la vista era incapaz de
reconocer el límite… era infinita! Pareciera como si tuviera que salir de un
momento a otro un brachiosaurus. Aquella playa estaba parada en el tiempo, las
ballenas nadan a sus anchas en aquellos
mares –aunque son difíciles de ver-. De hecho, por esta gigantesca playa pasa
la llamada corriente Humboldt, las aguas calientes de la cuál son conocidas y
visitadas por varios colectivos de animales marinos, entre ellos las señoras
ballenas y también los amistosos pingüinos australes.
Un lugar maravilloso. Te sientes pequeño y dichoso,
conceptos que no son contradictorios. Andar y andar, notar el agua fresca en tus pies y la
potencia de las bravas olas del océano Pacífico. La humedad, el fuerte olor a
mar, los débiles rayos de sol, el constante sonido del romper de las olas, las
gigantes conchas en proceso de sedimentación, la fina arena, los caballos escultóricos
escondidos tras las dunas, las tranquilas vacas yaciendo sobre el espontáneo
pasto. Esto era lo que nos esperaba en aquel rincón del mundo, cerca del
llamado fin del mundo. Una gran experiencia.
A continuación les adjunto algunas fotografías que completan
esta breve descripción, espero que se hayan hecho una idea del maravilloso
lugar.
maite moreno